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sábado, 24 de septiembre de 2011

Ha vuelto el frío...



Ha vuelto el frío.
El invierno se huele en el aire.
Cuervo sobrevuela en silencio las copas desnudas del Mundo Bosque.
Se siente viejo, cuando vuelve el frío. El invierno es una estación vieja, cansada, cargada de recuerdos. Demasiados recuerdos, demasiados inviernos.
Al pasar por un claro, una columna de humo oscuro sube a recibirlo. Humo de leña. Alguien ha encendido un fuego allí abajo. También huele a comida, un olor apetitoso y nauseabundo a la vez.
No es la primera vez que Cuervo huele ese guiso. Conoce a la persona que está cocinando en el claro. La conoce desde hace mucho, casi tanto como a sí mismo. Nunca fue muy buena cocinera…
Ahí está, en la puerta de su vieja cabaña despintada. Una maraña de pelos blancos corona la cabeza huesuda. Los ojos también se han vuelto pálidos, como si las nubes que empiezan a cubrir el cielo se hubieran quedado pegadas a ellos.
Ah, pero antes era tan hermosa…
Cuervo se detiene en una rama alta, justo al borde del claro, observándola sin ser visto, observando como remueve el contenido del caldero mientras canturrea, murmura y se ríe entre dientes.
Tan diferente…
La primera vez que la vio los dos eran mucho más jóvenes. Ella más, claro. Cuervo se pregunta si ha sido realmente joven alguna vez. Aunque su aspecto físico no cambie como el de ella con el paso del tiempo, aunque siga siendo el mismo Cuervo que, una vez, al principio, sacó al mundo del barro, y luego le dio la luz, y el color, y la gente, y los peces, y todas las cosas… a pesar de todo, Cuervo siente que siempre ha sido muy viejo. La más vieja de todas las criaturas. Sobre todo al llegar el invierno.
Pero entonces los dos eran muy jóvenes.
Cuervo vestía su forma humana, un cuerpo ágil, flexible, color de sol. Un cuerpo vivo y fácil de llevar. Los ojos, dos charcos de noche sin estrellas, y unas plumas negras adornando la larga cabellera oscura.
Estaba muy orgulloso de su forma humana. Le gustaba pasearse por el Mundo Bosque, pavonearse por los mercados en los árboles y por los campamentos de los viajeros, sabiéndose observado y admirado por muchos ojos de largas pestañas y miradas de miel, saber todo lo que en realidad querían decir aquellas sonrisas luminosas, aquellos labios tan rojos.
Ay, las largas pestañas. Ay, los labios rojos, ay, las miradas de miel.
Cuervo era muy enamoradizo entonces. Aunque le cueste admitirlo, aún lo sigue siendo. Tantas sonrisas luminosas, tantos cuerpos preciosos que abrazar…
Pero la primera vez que vio a la joven Yaga sintió que ya no le importaban nada todas las demás miradas de miel, todas las largas pestañas, y los labios rojos, todas las sonrisas luminosas y los preciosos cuerpos que abrazar.
Ya no quería que nadie más le mirase. Solo ella.
La joven Yaga era una nube de color puro, danzando junto al fuego del campamento. La llama de sus cabellos hablaba de la sangre de Zorro que corría por sus venas. En sus ojos dorados pudo ver la mirada de Lobo. Vestía una falda de remiendos, y una camisa bordada, y un pañuelo verde adornado con monedas y cascabeles le ceñía las caderas, tintineando.
La joven Yaga olía a flores.
Incluso desde donde estaba, del otro lado del campamento, en la fría oscuridad detrás de la hoguera y de la danza, Cuervo podía sentir su perfume salvaje. Yaga lo vio, aunque él intentaba ocultarse entre la gente, y al verlo lo reconoció, igual que Cuervo la había reconocido a ella.
Cuervo vio dilatarse las pupilas de la joven Yaga, vio como su sonrisa se volvía más atrevida y su baile más frenético. Ahora, la joven Yaga solo bailaba para él. Y para Cuervo no había nadie más en el mundo.
Pero fue la risa de Yaga la que le enamoró. Porque la joven Yaga era muy hermosa, mucho más que ninguna, y estaba llena de color, y de calor, y de perfume salvaje, pero, a pesar de todo, no la amó de verdad hasta que no la oyó reír.
Y fue él quien la hizo reír, aquella misma noche, cuando se amaron siguiendo el ritmo frenético de la danza de la joven Yaga.
Desde ese día, no hubo ninguna más para él.
Ahora Cuervo ya no está muy seguro de que Yaga sintiese lo mismo que él. No de la misma manera.
Sabe que ella lo tomó por tonto muchas veces.
Pero Cuervo nunca ha sido un tonto. Puede haber sido muchas cosas. Tramposo, inocente, mentiroso, creador, enamorado. Pero tonto nunca. Jamás.
Ella lo creyó un tonto cuando le regaló el huevo azul, el de color aguamarina, el pedazo de cielo.
Creyó que Cuervo no sabía lo que le estaba dando. Pero él siempre lo supo. Cuervo siempre ha sabido muchas cosas. Muchas más de las que nadie pueda imaginar al verlo. Cuervo fue el primero en llegar, el primero en saber.
Cuando el huevo azul eclosionó, el polluelo resultó ser, en realidad, una minúscula cabaña pintada de colores, que se tambaleaba insegura sobre unas frágiles patas de pajarillo. Yaga cuidó de su cabaña durante mucho tiempo, la alimentó y la mimó hasta que creció lo suficiente para convertirla en su casa. Y, mientras tanto, también ella cambió. Dejó de amar a Cuervo, si es que en realidad alguna vez lo había amado. Y perdió el color, y la risa, y el perfume salvaje. Envejeció rápidamente, al menos a los ojos de Cuervo, que no podía dejar de mirarla desde lejos. Eso fue cuando la gente dejó de creer en la joven Yaga, tan hermosa y alegre, tan llena de magia, de poder, de primavera, y la convirtió en Baba Yaga, la bruja, la oscuridad, el invierno.
Uno no puede evitar que la gente deje de creer en él, se dice Cuervo. Uno no puede evitar cambiar cuando los otros le cambian. No en este lado de las cosas, al menos.
Yaga no pudo.
La convirtieron en la bruja.
Cuervo la observa, ahí abajo, removiendo su apestosa comida, refunfuñando entre dientes como tan a menudo hacen los viejos solitarios, y siente un peso oscuro en el corazón. Él también ha cambiado mucho, desde entonces. Aunque no lo parezca.
Baba Yaga levanta la cabeza y le mira a los ojos. Sonríe, traviesa. Una luz dorada ilumina sus ojos pálidos.
-Hola, pajarraco.
Cuervo grazna una risa.
El claro huele a flores, un perfume salvaje que hace desaparecer el frío, el olor extraño de la comida, el peso de los años.
La vieja Yaga vuelve a canturrear y balancea la cabeza blanca al ritmo de su música.
Cuervo no puede dejar de mirarla.
Después de todo, sigue siendo tan hermosa…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Un mal día



Una vez Cuervo fue a buscar el sol.
Lo contaba la gente de fuera del Mundo Bosque, al otro lado de las cosas.
Un día, Oso robó el sol, se lo llevó a su cueva, en el norte lejano, y se lo quedó para él, sumiendo al mundo y a los hombres en las tinieblas. Pero Cuervo engañó a Oso, dicen, y devolvió el sol a los hombres. Desde entonces, los inuit lo adoran como a un dios. Porque les trajo la vida. O eso dicen.
Cuervo no está demasiado seguro de todo eso. Se ha inventado tantas historias sobre sí mismo a lo largo de su vida que ya no sabe cuales son verdad y cuales son mentira. Debería preguntárselo a Baba Yaga. En su choza con patas de gallina tiene tres ventanas. Una es verde y enseña lo que es verdad. Otra es roja y enseña lo que es mentira. Y la tercera es azul y enseña lo que no es verdad ni mentira, las cosas que no son y tal vez nunca serán.
Aunque mejor no, se dice Cuervo, inflando las plumas del pescuezo. Con el día que lleva hoy, mejor no acercarse a Baba Yaga. Le diría que su historia solo se ve por la ventana azul, con lo que no le solucionaría nada, porque nunca ha entendido exactamente que es lo que se ve por allí. Y luego, seguramente, acabaría en su olla. Vieja loca...
Cuervo no tiene un buen día. Se ha levantado con resaca. No debió beber tanto anoche. Y además le parece que está pescando un resfriado ¿Y dónde se ha visto un cuervo resfriado? Ridículo...
Cuervo despliega con dificultad las alas, que crujen y protestan, y abandona la rama donde ha pasado la noche y buena parte de la mañana. Con un vuelo tambaleante, busca un claro soleado en el que calentarse los huesos. Está muy bien, el Mundo Bosque. Muy bonito, con todos esos árboles y plantas y criaturas estrafalarias. Y aquí puede permitirse ser él mismo, sin miedo. Pero, ay, esa falta de sol...
En el claro hay retales de nieve crujiente. Es el solsticio de invierno. A lo mejor es por eso que se ha despertado pensando en aquella vez que fue a buscar el sol.
¿O no fue él?
También hay un riachuelo en el claro. Apenas es un hilo de agua casi helada, pero Cuervo se acerca y bebe, despacio.
Una risilla burlona interrumpe sus pensamientos sombríos.
-Vaya pintas ¿Una mala noche?
Cuervo lanza un suspiro de fastidio. Reconocería esa risilla estúpida en cualquier parte.
-Hola, Coyote.
Coyote tiene un aspecto espléndido. El pelo rojizo, brillante como hojas otoñales, la sonrisa blanca, los ojos, como siempre, rebosantes de secretos, de trampas y de planes descabellados.
Siempre que aparece Coyote hay problemas, piensa Cuervo. Lo que me faltaba...
Con un aire casual, Coyote se acerca a beber junto a Cuervo.
-¿Sabes? -dice- Estaba pensando en aquella vez que fui a buscar el sol...
Ya empezamos. Siempre igual. Cada vez que se acerca el invierno, la misma historia. A Coyote le encanta asegurar que fue él quien fue a buscar el sol, y no Cuervo. Incluso hay personas, fuera del Mundo Bosque, que creen que es verdad, y así lo cuentan.
Pero Cuervo está seguro de que es mentira. Un cuento de Coyote, una de sus fanfarronadas. No está seguro de haber sido él quien lo hizo, pero seguro que no fue Coyote.
Coyote siempre ha sido un tramposo.
Y hoy parece que tiene ganas de jugar.
-Vete a la mierda, chucho -dice Cuervo, y vuela hasta una rama baja.
-Vaya, vaya. Estamos nerviosos ¿eh? -y le dirige una sonrisa perruna.
Justo cuando Cuervo empieza a pensar en dejar plantado a ese cánido idiota, una sombra parece cubrir el sol. Hace un día claro y limpio, pero de pronto es como si una mano enorme se hubiese posado sobre el origen de toda luz.
No. Una mano no. Una zarpa. Una garra. La garra de un oso.
Y ahora ya no hay sol. La noche ha caído sin más en el Mundo Bosque. Las estrellas brillan arriba, entre las hojas de los árboles, como ojos lejanos. Los ojos de Coyote brillan abajo, entre el pelaje otoñal, como las estrellas.
Un rugido hace retumbar el mundo cubierto por la oscuridad.
-Ya estamos otra vez -gruñe Cuervo.
-Genial -ríe Coyote- Ahora veremos quien de los dos tenía razón.
Y, antes de que Cuervo se de cuenta, Coyote se aleja corriendo hacia el norte.
Cuervo duda un momento, en su rama. Balancea la cabeza de un lado a otro, pensativo.
Para Coyote, todo es un juego, se dice. Pues bien, vamos a jugar.
Y así empieza la carrera en busca del sol.
Las patas de Coyote son veloces, pero las alas de Cuervo pueden llegar muy lejos, y muy alto, en poco tiempo. Y, aunque aún no está muy seguro de que esa historia que cuentan sea de verdad, cree saber hacia dónde debe volar.
El viento del solsticio es tan helado que cubre de escarcha las plumas oscuras de Cuervo. Cuando al fin llega a la Montaña del Oso tiene el aspecto de alguna luminosa criatura del invierno. Pero él no se siente especialmente luminoso. Se siente helado, y sombrío, y miserable. Y especialmente córvido. Y le duele la cabeza (maldita resaca...)
La Montaña del Oso tiene un aspecto poco acogedor en la oscuridad. Los picos afilados se alzan entre los árboles, cubiertos de nieve y hielo. El viento aúlla como un Coyote.
Pero Coyote aún no ha llegado.
Cuervo sonríe burlón para sí. No hay nada como un buen par de alas para llegar bien lejos.
Arriba, cerca de la cumbre, hay un brillo dorado. Cuervo suspira. No podía ser facilito, no. Por una de esas extrañas leyes que rigen este mundo de cuentos e historias, no se puede subir la Montaña del Oso si no es a pie. Las alas de las que tan orgulloso se siente no le sirven de nada aquí. Y sobre dos patas, la verdad es que Cuervo no es demasiado hábil.
Pero, por lo menos, Coyote no ha llegado aún.
Y puedo hacer un poco de trampa, piensa Cuervo, nadie está mirando. Mis alas no sirven de mucho aquí, pero si un buen par de piernas.
Así que Cuervo toma su aspecto humano, un hombre joven con la piel cobriza y el cabello largo tan negro como una noche sin estrellas. Solo tras sus ojos sigue estando Cuervo.
Flexiona los brazos fuertes, las piernas ágiles. Todo bien. Cada cosa en su sitio. Cuervo trepa por la ladera de la Montaña del Oso, hacia la luz dorada.
Las piedras agudas le hieren las palmas de las manos. El viento helado le muerde la piel desnuda y dibuja figuras de escarcha en su cuerpo. Pero ahí está la luz, y es tan cálida…
La luz se derrama como agua desde la entrada de la cueva. Cuervo se acerca, temblando, agotado, maldiciendo en voz baja. Dentro de la cueva está Oso, solo que esta vez Oso es Osa. Junto a ella dormita un osezno, y ambos están envueltos por la luz cálida del sol robado.
Cuervo empieza a creer que morirá de frío si sigue metido en su piel humana, así que vuelve a ser Cuervo, cubierto de cálidas plumas que ahora parecen de plata escarchada.
Aprovechando el sueño invernal de los osos, Cuervo se desliza en la cueva. La luz está dentro de una caja de cristal, bajo la zarpa de Osa, y se escapa por los bordes, inundando la cueva. Si intenta tocarla, o moverla, Osa se despertará enseguida…
Cuervo decide volver a cambiar de forma. Puede ser muchas cosas, aunque siempre sea Cuervo. Ahora es un abejorro plateado que zumba en la oreja de Osezno hasta hacerlo llorar. Osa abre los ojos y mira preocupada a su cachorro.
-¿Qué tienes, mi cielo? –dice con voz dulce.
Y Cuervo zumba en el oído de Osezno, y el pequeño repite las palabras del ave como si fueran suyas.
-Quiero jugar con la luz del sol.
Osa es una buena madre, cariñosa y atenta, así que abre la cajita y amasa la luz del sol hasta convertirla en una pelotita brillante. Osezno juega un rato con la luz del sol ante la mirada de su madre. Al cabo de un rato se duerme, agotado, entre las patas de Osa, y ella no tarda en dormirse también, dejando la luz a merced de Cuervo.
Cuervo no pierde el tiempo. Rápidamente vuelve a adoptar su forma habitual y toma la luz del sol entre sus garras. Sale disparado de la cueva, sin recordar la inutilidad de unas alas en la Montaña del Oso. No le responden, naturalmente. Es como si se hubiesen convertido en madera. Cuervo cae como una piedra, rueda con estrépito por la ladera de la montaña y a media caída tropieza con algo suave, peludo y rojizo que sube trabajosamente. Coyote y Cuervo caen, un revoltijo de plumas negras, pelo rojo, ladridos, graznidos, escarcha, luz y maldiciones. Una piedra particularmente alta, afilada y dura detiene brusca y dolorosamente la caída. Arriba, en la cueva, resuena un rugido furioso.
Ni Cuervo ni Coyote tienen intención de quedarse a ver lo que pasa después. Coyote corre montaña abajo, hacia los árboles oscuros, más rápido que el mismo viento. Cuervo no piensa quedarse atrás. Se aferra con fuerza a la cola de Coyote, la bola de luz en el pico, aleteando desesperado para mantener el equilibrio.
Es una extraña criatura la que irrumpe en el Mundo Bosque, cuatro patas rojizas, un hocico afilado, alas negras escarchadas y un resplandor solar que la envuelve.
Ahí están, en el mismo claro, jadeando. Justo a tiempo para el solsticio.
Cuervo abre el pico y el sol vuelve a su lugar en el cielo.
Coyote sonríe, una sonrisa perruna y satisfecha.
Cuervo lo mira.
-El año que viene vas tú solo.